El día a día en los medios de comunicación

ENSAYO

Porque vivimos narrativamente nuestras vidas y porque entendemos nuestras vidas en términos narrativos, la forma narrativa es la apropiada para entender las narraciones de los demás”, Alasdair Macintyre.

En abril de 2005 tuvo lugar en Quito una movilización social histórica, conocida como Rebelión de los Forajidos, que logró derrocar al presidente del Gobierno de ese momento, Lucio Gutiérrez. Sin embargo, para el sistema de comunicación imperante, los forajidos y forajidas no hicieron historia. A través de la mirada mediática y la carencia de relatos sobre esa realidad no se dejó comprender a la opinión pública las expresiones que se jugaron y se crearon. En este ensayo, y partiendo de la Rebelión de los Forajidos, pretendemos sumergirnos en las dinámicas de ese aparato periodístico que en su día a día se aleja de las relaciones humanas y sociales que, a la postre, deberían ser las que alimenten su inmediatez.

La rebelión forajida sostuvo una cotidianidad emergente, fugaz, que evidenció de una manera diferente la crisis de representatividad y de acción política tradicional. Una cotidianidad que movilizó y reveló –sin ningún juicio de valor- a la familia quiteña como estructura decisoria o “núcleo de la sociedad”, como nos repetían en la escuela. La rebelión de ese abril fue una rebelión de familias tradicionales y, por supuesto, de muchos otros/as que encontraron en la calle su espacio de acción política y se juntaron. Y, como dice el filósofo Guilles Deleuze, esa nueva acción implica un tipo de información de una naturaleza completamente diferente de las informaciones de los periódicos.

La rebelión de los forajidos/as puso en debate dos hechos: que la política sigue siendo un problema exclusivo de las élites y que los medios se ajustan irreflexivamente a ella. La mirada macro de los acontecimientos no permitió a la prensa entender la coyuntura (la fuente del quehacer periodístico), qué ocurría en esa realidad (la calle, la diversidad humana e individual, los tiempos). Los medios de comunicación se mantuvieron en los espacios clásicos de poder y desde allí “informaron” (espacios no sólo físicos sino entendido el cuerpo como espacio: los mismos personajes, las mismas declaraciones). Es decir, frente al reto de narrar la realidad de otros tal como lo exigían los acontecimientos, los medios se mostraron carentes de sensibilidad frente a hechos que revelaban una acción humana inmensa.

Lo que pasó en Quito es un hecho contemporáneo, quizá único, como acontecimiento histórico en esta parte del planeta, donde nuevas expresiones se revelaron, dejando una ventana abierta para ver las realidades que habitan en la calle. Otras realidades, no las de la pobreza y el crimen, ni las del prejuicio frente a las diferencias humanas por su condición social, de género o identidad sexual; tampoco las del show diario de los políticos y de los periodistas. Realidades que evidenciaron no solo las debilidades del poder institucional sino que dejaron ver lo frágil y mal entendido de la instantaneidad mediática y su poca capacidad de leer e interpretar esta contemporaneidad. Hace ya años, en su libro Los cínicos no sirven para este oficio, el reportero polaco Ryszard Kapuscinski ya insistía en una labor periodística necesaria: “Tenemos que ser periodistas de la contemporaneidad”.

La televisión se mantuvo en su estrategia de siempre: el espectáculo y el protagonismo, las imágenes sensacionalistas y sesgadas de la realidad y de los actores de esa realidad; manipulando imágenes y mostrándolas en off, sin dar voz a la gente. La prensa escrita, en cambio, con su típica posición de apego a los intereses de la política del poder, trató de interpretar los nuevos acontecimientos desde la mirada de los políticos tradicionales, que ocupan los cargos de poder institucionales; de alguna manera invisibilizando a las expresiones, a los actores nuevos, a los escenarios distintos, a esas otras maneras de resistencia. Sin darle sentido a una cotidianidad como espacio de acción política. Sin embargo, la radio resurgió del ‘anonimato’, se abrió para las demandas, inquietudes y voces de un colectivo lleno de individuos de todas las condiciones sociales, políticas, económicas, de género. La edad también emergió como una categoría de acción política, porque fueron los jóvenes, hombres, mujeres y de otras identidades sexuales, quienes encendieron esta rebelión y provocaron la creatividad y la resistencia no violenta sino alegre y fresca. La radio no era anónima para ellos, ni para el resto de las personas: amas de casa, jubilados y jubiladas, oficinistas, burócratas, empresarios, estudiantes secundarios y universitarios. Ni tampoco para los niños, que mantenían desde sus sitios, una relación cercana por cotidiana. La radio solo abrió el micrófono y cada individuo supo que era el espacio posible para declararse públicamente un forajido más. Se narraron.

¿Por qué no generar memoria y por qué no una memoria mediática de los acontecimientos, memoria al fin? Porque los hechos no fueron narrados. La imagen pudo más y narró por sobre la voluntad de los medios: ¿quién olvida a ese grupo de personas tomadas de la mano corriendo en la pista del aeropuerto Simón Bolívar persiguiendo el avión en el que supuestamente viajaba el ex presidente Lucio Gutiérrez? Eso ya está en mi memoria. La Rebelión de los Forajidos evidenció que la acción política es una construcción ciudadana y esa ciudadanía se resiste en la cotidianidad. Podría afirmar que en la cotidianidad, la acción política es múltiple y permanente, fluye todo el tiempo, se resignifica de diversas maneras en las propuestas de los niños, en la de los jóvenes, de las mujeres y hombres, de los viejos, de otros grupos sociales que desde su ‘metro cuadrado’ cuestionan las estructuras con música, con arte, con nuevas formas de relacionarse en la familia, protestando por mejores condiciones de vida, denunciando la violencia intrafamiliar, el racismo, la homofobia, la discriminación.

Las nuevas generaciones, siempre tan cuestionadoras de los espacios de represión, incitaron a sus mayores a resistirse como individuos de una familia, porque incluso el discurso de la violencia los ha encerrado más en ella, en la protección del hogar, y desde ahí empiezan las nuevas construcciones políticas y vitales. Acaso, ¿los medios siguen haciéndonos creer que en la familia se aprenden los valores tradicionales para redimirnos al poder?

Se diversificaron las formas de resistencia pacífica. No hubo esa uniformidad que los movimientos sociales han impuesto a la hora de protestar. Nadie se vistió de negro (de luto) como ocurrió días anteriores cuando la protesta parecía estar en manos de los gobiernos locales, ni de blanco (por la típica marcha blanca, que ya se había institucionalizado). Los estudiantes salieron con sus uniformes y tambores o cualquier cosa que hiciera bulla (esa es su representación cotidiana); las mujeres, con sus trajes de oficina o con la ropa que usan para sus quehaceres domésticos, ‘armadas’ con cacerolas y pancartas; los jóvenes a la moda, bailando, hablando en su propio lenguaje de superlativos, en jorga… en fin. Lo único homogéneo fue el mensaje: esta institucionalidad ya no representa a la sociedad.

Los que actúan y luchan han dejado de ser representados, aunque sea por un partido, un sindicato, que se arrogarían a su vez el derecho de ser su conciencia. ¿Quién habla y quién actúa? Siempre es una multiplicidad incluso en la persona que habla o actúa. Todos nosotros somos grupúsculos. Ya no hay representación, solo hay acción, acción de la teoría, acción de la práctica en relaciones de relevos o redes. (Miguel Morey en Sexo, poder, verdad. Conversaciones con Michel Foucault).

La Rebelión de los Forajidos tuvo una particularidad que puede construir una memoria más limpia: la autoconvocación, no solo de la gente sino también la autoconvocación a la creatividad y a la imaginación. Las iniciativas ya no salen de los partidos políticos sino de alguien desde su casa, de los barrios, de las plazas, de los lugares simbólicos de la cotidianidad. El tablazo, rollazo, reventón, bicicletazo… no solo que es ese lenguaje propio de la juventud, sino que el superlativo se puso de moda en todos porque la resistencia no era pequeña (y no una resistencia a Lucio Gutiérrez sino a la estructura de poder). Eduardo Galeano alguna vez dijo: “Uno es tan grande como el enemigo que elige para luchar”.

En las movilizaciones de los quiteños se aprendió que una forma de enfrentar al poder es deconstruyendo su discurso. Todo empezó desde la denominación de forajido (una manera propia de vivir la democracia y de practicarla por lo menos en lo que duró esta rebelión), dicha por el poder con la intención de insultar. Entonces, la sociedad, con su creatividad y desde su dignidad, recibió este adjetivo y lo deconstruyó y hoy por hoy, forajido es sinónimo de participación, fuerza, interés, dignidad.

Además, en este proceso se fueron encontrando lugares comunes para el quehacer político. “Se fue construyendo lealtad y tolerancia política frente al otro: los dos nos reconocemos honestos y solidarios”, opinó el sociólogo Cristian Cevallos. Pero no solo que hubo otros territorios para la protesta, esos territorios por donde transcurre la vida, la ciudad nuestra por la que caminamos todos los días, la de nuestros desvelos, sino también otros tiempos: el fin de la jornada, alargando el día para expresarse, resistiéndose a los ataques del poder. “Los que salen a manifestar son vagos, de la oligarquía”, dijo el ex presidente. Los que salieron a las calles eran de todas la clases y utilizaron la noche, protestaron fuera de horario, la rebelión se construyó en la noche y la oscuridad tiene la virtud de hacer que nos necesitemos unos a otros y provoca estar juntos. ¡Se prolongó el día!

Los nuevos actores mostraron una protesta femenina y muy joven, protesta familiar y festiva, diversa… Cuando se gritaba “Lucio maricón”, salieron voces –antes silenciadas- que exigieron el respeto de las diversidades sexuales; la mujeres dejaron de pensar que las manifestaciones solo eran para los hombres por ser muy violentas y peligrosas. La Rebelión de los Forajidos y Forajidas le devolvió a la política su condición sensible. Y algo más sobre esas particularidades: no fue una rebelión con esos signos de los que el poder se aprovecha y que los medios de comunicación institucionalizan inmediatamente, porque no hay héroes para canonizar ni es una gesta heroica.

La vida cotidiana es inquietante. Reflexionar sobre ella desde el campo de la comunicación y, más concretamente, desde el oficio periodístico, nos desvela un espacio de acción semejante y antagónico desde el ejercicio mismo que es el “día a día”. ¿Cómo entender el “mundo de la vida” desde el periodismo, como una fuente inmensa para comprender las relaciones humanas y sociales que conviven en la contemporaneidad o en la inmediatez? Digo semejante, no por analogía de términos sino por interpretación: la vida cotidiana en el quehacer comunicativo es ese “día a día” al que nos enfrentamos, esos microespacios donde se estructuran las prácticas sociales y, desde esa perspectiva, podemos llegar a comprender la acción social. Y antagónico a ella, porque la comunicación, al igual que las ciencias sociales, ha definido a medias este referente, su sustento teórico y su importancia en la investigación, construcción y resignificación del mundo social.

El sentido mismo de la comunicación mediática es la fragmentación de la realidad. Los medios de comunicación muestran una realidad fragmentada, que desde la mirada macro de los acontecimientos resulta confusa sin interpretaciones y certezas. Aquí, la propuesta que nos parece pertinente para acercarse a los hechos, entendidos como cotidianos y accionados por personas que habitan esa cotidianidad, es el relato. Ser fieles a los mundos narrativos desde el periodismo es una puerta de entrada para entender el “mundo de la vida”. Podemos afirmar que la vida cotidiana es el mundo de la práctica. Citando a Max Weber: “La acción de uno tiene sentido en la medida que es la acción de otros o puede ser interpretada o leída por los otros”. Ese “uno” es el periodista cuya única responsabilidad, en este campo de reflexión, es informar, es decir, aplicándolo al pensamiento de Weber, el periodista es ese uno que tiene sentido en la medida que es informar. No informar contra la corrupción, ni por la paz ni por ni en contra de algo sino entendiendo que los medios de comunicación son una práctica de información, influenciada por la cultura, que tiene sentido y se explica a través de las matrices culturales en las cuales se informa. Los relatos en los medios de comunicación nos ilustran acerca de cuáles son los personajes, ambientes y acciones que funcionan en la sociedad.

El Periodismo es un escenario fundamental de la representación social, o por lo menos así se presenta. En esta medida se ha convertido en un centro de poder que genera visibilidad y oscurecimiento en la sociedad. Su poder radica en eso: en que llama la atención sobre unos temas y desconoce otros, vuelve fundamentales a unos actores sociales y a otros los ignora; por lo tanto su actuación como mecanismo de poder es fundamental a la hora de la discusión pública. Hablar de unas representaciones que se imponen es hablar del lenguaje. Para Pierre Bourdieu, el punto de vista de la lingüística tradicional de Saussure es la del ‘espectador imparcial’, quien busca la comprensión por la comprensión y convierte la intención de los actores en el principio de sus prácticas. Es una relación neutral donde el lenguaje es letra muerta, despojado de sus funciones prácticas y políticas. Bourdieu, en cambio, plantea que las relaciones lingüísticas siempre son relaciones de fuerzas simbólicas:

La violencia simbólica es, para expresarme de la manera más sencilla posible, aquella forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con la anuencia de este… Llamo desconocimiento al hecho de reconocer una violencia que se ejerce precisamente en la medida en que se le desconozca como violencia, de aceptar este conjunto de premisas fundamentales, prerreflexivas, que los agentes sociales confirman al considerar el mundo como autoevidente, es decir, tal como es, y encontrarlo natura, porque le aplican estructuras cognoscitivas surgidas de las estructuras mismas de dicho mundo“. (Pierre Bourdieu en Por una antropología reflexiva)

El poder simbólico, el poder de constituir algo al enunciarlo, de actuar sobre el mundo al actuar sobre su representación, se verifica dentro de la relación que da origen a la creencia en la legitimidad de las palabras y de las personas encargadas de esos discursos. De lo contrario, la comunicación parece ininteligible si no se tiene en cuenta la totalidad de la estructura de las relaciones de fuerza presentes en el intercambio. El sentido de los mensajes sólo se determina dentro de un campo específico, involucrado en una red de relaciones jerárquicas con otros campos. El escritor y periodista Damián Fernández Pedemonte habla del periodismo como el caso típico de un campo relacionado jerárquicamente con otros, dentro del cual se puede constatar una violencia simbólica, en la medida que impone ciertos axiomas sobre el mundo que luego narra.

Insisto en que el periodismo narrativo puede convertirse en el relato de la vida cotidiana para interpretar de manera más profunda la convivencia en la contemporaneidad y entender la construcción humana como una suma de individualidades y de los encuentros sociales.

Me parece que uno de los elementos más intensos de la relación del sujeto con la realidad es la narración. Y es que un sujeto vive su vida como una narración que se hace. Y comparto con Fernández Pedemonte que las nuevas formas con las que los periodistas se aventuran a narrar las historias son más libres que la pirámide invertida y constituyen una crítica desde adentro al periodismo objetivista, entendido éste como una ideología todavía dominante en las relaciones, que se traduce en rutinas profesionales y prescripciones estilísticas, que sostiene que se deben separar de manera tajante los hechos de las opiniones y que los diarios reflejan la realidad sin alterarla.

La propuesta es perforar el mundo de la vida de los integrantes del grupo, atravesar mediante la comprensión aquello que ellos dan por supuesto para entender los significados internos, lo que para ellos es obvio pero produce nuestra extrañeza; intentar explicar al otro desde sí. Según De Certeau, los “relatos de espacio” son lo que “atraviesan y organizan los lugares”. Un relato convierte a nuestro barrio en algo bien distinto de una zona extraña de la ciudad. Y una de las funciones del periodismo tendría que ser convertir todos los lugares en nuestro barrio. Definitivamente, así, los periodistas mejoraríamos nuestras coberturas y escribiríamos textos que documenten los cambios culturales, que por ser tan vertiginosos, necesitamos detener en un relato. Basta de informar para el olvido, cuando una de las responsabilidades de la prensa es, precisamente, crear memoria. La nueva historia de la cotidianidad puede ser contada desde los medios.

¿Cómo los medios deben narrar los hechos? No en pasado sino en proceso, en ese futuro deseable que nos llena de incertidumbre. ¿Cómo hacen para ayudar en la reconstrucción de una nueva memoria que nos permita idear nuevas formas de hacer política y no institucionalizarlas sino vivenciarlas? Con la Rebelión de los Forajidos la coyuntura les puso el reto maravilloso y fallaron: no narraron de otras maneras, no entendieron la diversidad de las expresiones, la diversificación de sus miradas, sus relatos… y esa coyuntura estaba repleta de gente que experimentaba y proponía otras formas de convivencia y resistencia. De hecho, esa rebelión sigue siendo cotidiana, nuevamente invisible para los medios, porque lo que pasó esos días de abril de 2005, difícilmente se borra de la piel.

Esta irreflexibidad de los medios de comunicación me remite a lo que Jurgüen Habermas denomina la colonización del mundo de la vida, provocando deformaciones de este mundo que solo adoptan la forma de una cosificación de las relaciones comunicativas en las sociedades capitalistas. El mundo de la vida no queda asimilado directamente al sistema, es decir, no queda asimilado a ámbitos de acción formalmente organizados y juridizados, sino que las organizaciones del aparato estatal y de la economía, automatizadas sistemáticamente, son retroproyectadas sobre una ficción de horizonte del mundo de la vida. “El sistema, al presentarse con los ropajes del mundo de la vida, deja vacío el mundo de la vida”.

Estos espacios públicos creados por los medios jerarquizan el horizonte de comunicaciones posibles a la vez que le quitan sus barreras; el primer aspecto no puede separarse del segundo, y en ello radica la ambivalencia de su potencial. Al canalizar unilateralmente los flujos de comunicación, en una red centralizada, del centro a la periferia y de arriba abajo, los medios de comunicación de masas pueden reforzar considerablemente la eficacia de los controles sociales. Pero la utilización de ese potencial autoritario resulta siempre precaria, ya que las propias estructuras de la comunicación llevan inserto el contrapeso de un potencial emancipatorio. (Jurgüen Habermas, Teoría de la acción comunicativa)

La propuesta está lanzada. El periodismo narrativo nos acerca a la vida cotidiana, a los espacios simbólicos, concretos y prácticos porque son culturales. Y es que el periodismo no puede contar la verdad, lo que puede hacer es presidir la conversación pública. El periodista produce un mapa de sentidos de la ciudad. Hace transparente para el público cada parte de la sociedad. La insistencia en la objetividad hizo que se olvidaran detalles que hicieran más creíbles las historias para los ciudadanos. El contacto con las fuentes hizo que los reporteros empezasen a ver el mundo como ellas. Ahora el periodismo debería mostrar el otro lado. Hacer la ciudad viva para la gente que la vive cada día.

Quizá es como dice James Carey: “El periodismo puede hacer la sociedad más inteligible, lo que significa también habitable por todos”.

Ver las calles y las cuadras como un texto en el que sucesivas generaciones de inmigrantes y nativos han inscrito sus vidas… Cómo cada grupo, empujado y tironeado a través de los nuevos corredores de transporte y a través de los nuevos modos de comunicación, dejó sus trazos, como un palimpsesto, en los barrios que quedaron debajo y cómo cada nuevo grupo escribió sobre los trazos de aquellos que habían venido antes. (James Carey en Were journalism education went wrong).


Bibliografía utilizada

Donde podrás encontrar más información sobre los temas que se desarrollan:

  • Bourdieu, Pierre y Wacquant, Loic, J.D., Respuestas. Por una antropología reflexiva, Grijalbo, México, 1995.
  • Fernández, Pedemonte, Damián, La violencia del relato, discurso periodístico y casos policiales, La Crujía, Buenos Aires, 2001.
  • Goffman, Irving, La representación de la persona en la vida cotidiana, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1981.
  • Morey, Miguel, Sexo, poder, verdad, conversaciones con Michel Foucault, Editorial Materiales, Barcelona, 1978
  • Habermas, Jurgüen, Teoría de la acción comunicativa, II, Taurus Humanidades, primera edición, España, 1999.
  • Carey, James, Were journalism education went wrong, Jorunalism Education, 1996.
  • Rincón, Omar, La comunicación está de moda, Internet, 1999
  • Kapuscinski, Ryszard, Los cínicos no sirven para este oficio, Anagrama, Barcelona, 2002.
  • Macintyre, Alasdair, Tras la virtud, Crítica, Barcelona, 1987.

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