Sube por la cañería que está separada de la pared apenas unos milímetros, tan cortos como sus patitas, cañería de metal áspero, oscuro y oxidado como tierra olvidada de la lluvia. Zapatillas de fútbol. Ven aquí que no puedes estar jugando todo el día, quiero ver tus deberes.
Si eso pasaba, y pasaba casi todos los días, miraba a sus amigos y en ellos la cara del fin del día, la media conciencia que de ahí a la cena, los dibujos animados y la cama ya no habría tanto tiempo ni tanto enigma.
Una mancha más oscura de óxido, húmedo y transpirante, las dos patitas delanteras moviéndose en un barrido horizontal de la superficie, sin tocarla, examinando las variaciones de calor y humedad mientras el resto del cuerpo se queda inmóvil como parte del paisaje, en el subsuelo de una casa modesta de familia pequeña en ciudad pequeña. Una casa con patio. Patio con niños, niños con juguetes.
Una pequeña montaña de corrosión determinando el camino a seguir, la pared salteando los dos o tres milímetros que la separan de la cañería, el movimiento correcto y elegante de todas las patitas en conjunción. No es un paso ni dos, son movimientos como los de una orquesta de cámara, manchas que son hongos, el pasamano de la escalera hasta arriba, guardar la pelota, ir a la cocina, escuchar lo de siempre, que estás todo sucio, te vas a tener que meter a la ducha y yo contigo, luego me ayudas a cocinar y yo te veo los deberes pero antes... ¡a la ducha!
El agua con mucha presión y a buena temperatura, el jabón, mamá, las manos de mamá en mi cabeza, el champú, convencimiento de que no se está tan mal así. El breve recorrido de la pared al pasamano, superficie blanca con manchas oscuras, la quietud del subsuelo interrumpida por el estrépito de las cañerías funcionando, vibración regular del aire producida por el sonido de agua fluyendo por tubos de metal, las voces de una mujer y un niño venidas del primer piso, dos habitaciones y un baño, una pequeña salita inútil y abarrotada de cosas, juguetes viejos, trastos, el pasamano de la escalera que lleva al descanso, la puerta de calle, el pasamano de la escalera que lleva al pasillo y al mismo descanso. Peldaños. Ahora alzas los brazos y te pongo la toalla, felicidad, vapor, mamá alzándome para vernos en el espejo que está nublado, me besa, me deja en el piso, tengo que ponerme las pantuflas, yo ya sé secarme pero me ayuda con la camiseta, el pantalón del pijama, un pulóver de lana y no, no quiero ponerme eso, hace calor pero te lo tienes que poner, afuera hace frío, ya ves a ver a tu papá cuando llegue, viene hasta con bufanda y gorro. Las declaraciones de mamá como certeza absorbida y ahora sí, ya puedes bajar. Subir por el pasamano de la escalera, luego bajar hasta el primer peldaño de la parte superior y pasar por debajo de la puerta, por la rendija de luz al descanso y antes el movimiento de todas la patitas se detienen, todas se apoyan en el piso, todo el cuerpo frente a la rendija de luz a un centímetro de la puerta, tan vertical y grande. Los pasos del niño bajando la otra escalera, variaciones en la presión del aire producida por el sonido de cada pisada saltarina, el crujir de la madera y sus pies en el descanso, pantuflas en movimiento sobre la alfombra, un soplo de viento producido por la carrera del niño hasta el televisor, las piernas cortando el aire, el pantalón como velas de un barco y el descanso como un mar en calma. Voy a ver la televisión mientras mamá se viste y se arregla porque ya viene papá, ahora sí que puedo ver televisión por un ratito sólo. Está muy bonita cuando se viste y baja a poner la mesa, cada paso más despacio, el crujir de la madera más lento, un poco más difícil de determinar por culpa del sonido de un televisor encendido, venido del lado opuesto al de los pasos, los pies en la alfombra, el mismo soplo de viento y ahora toda vibración proviene de un solo lado, la otra escalera se ha quedado en silencio, todo sonido de agua por cañerías se ha detenido y abajo vuelve a estar la tranquilidad. A unos centímetros del descanso, entre la alfombra y el primer peldaño, en la rendija de luz, la verticalidad de la puerta enorme. No tengo compañía en este momento, una mosca vuela, un coche se detiene afuera, el motor se apaga, la puerta se abre, se cierra, el sonido tan regular de encendido de la alarma, un breve instante, la llave entrando en la cerradura de la puerta de calle, se abre, llegó papá, se acabó el ver dibujitos, a comer. Mamá y papá se saludan y se cuentan cosas, mamá me llama, papá dice que de tanto hambre me va a comer a mí también, les voy a decir que no quiero comer, porque no quiero comer, sin comida no hay postre pero si como ya no me dan ganas de comer postre, las voces, todas juntas, todas provenientes de un mismo lado de la rendija de luz, una luz que dos patitas deciden tocar, rozando el aire. Indicios de calor sobre la alfombra, el pasillo, las patitas de acuerdo para los siguientes centímetros, medio metro, la familia sentada a la mesa, la mesa en la cocina, la puerta de calle entre el frío y la tibieza. Inevitable alfombra, terreno difícil, lleno de dificultades sintéticas y alguna sustancia alimenticia. Al fondo del pasillo la cocina y la familia, al lado izquierdo un pequeño baño, al lado derecho la sala y el televisor, las noticias, ¡cómo odio las noticias! No hace falta que pongan las noticias para que venga a comer, me gusta ver la tele pero no me dejan ver los dibujos, ponen las noticias, comemos, me preguntan si hoy ha ido todo bien en el cole. El pasillo es breve, la temperatura es más llevadera que en el subsuelo, todos los ruidos juntos forman un conjunto agradable con la excepción del canal de noticias con su chirriar ajeno, magnético y catódico. El desplazamiento por el pasillo se realiza con mucho esmero, justo donde termina el suelo y empieza la pared el pasillo sufre un quiebre, en el marco de la puerta sin puerta que da a la sala, y a unos centímetros del ángulo, una pequeña mancha sirve de refugio, un lugar seguro donde las patas y el cuerpo se confunden con el entorno. El ambiente está cargado de movimientos y vibraciones de todo tipo, los platos se recogen de la mesa, un pijama pequeño apoyado en unas pantuflas divertidas pasa a toda prisa hacia el televisor, zapatos negros que van de la cocina a la sala, el tacón en cada paso en contratiempos de platos chocándose con una melodía de grifo de agua e intervenciones a dos voces, masculina una y la otra indefinible, secundadas por otras más distantes y electrónicas, zapping, platos y voz de la cocina a la sala, de la sala a la cocina, amenaza de cama, no quiero ir a dormir, ya no hay dibujitos a esta hora, no es hora para que alguien de tu edad ande dando vueltas y el chorro de agua cesa, los platos ya no hacen ruido, la cocina se oscurece y son los pies de ella en dirección al sofá, su caminar es más suave, las vibraciones producidas por sus pasos casi no se perciben porque viene muy despacio hacia el ángulo, la manchita en el borde del suelo, el marco de la puerta desde el que me mira con mi papá, o mira a mi papá conmigo, le gusta mirarnos un rato pero ahora va a venir y yo me voy a tener que ir a la cama. El canal de documentales de animales es uno de los que más me gusta, pero lo ponen para que yo me quiera ir a la cama. Desde el marco de la puerta, con la casa devuelta a un orden menos caótico, de sonidos más ordenados y vibraciones regulares asimiladas, los zapatos negros, las pantuflas y los pies están quietos, no hablamos, solo miramos la tele, un volcán erupcionó y la lava arrasó todo, todo lo que estaba cerca, como una bomba atómica, cenizas, carbón, tierra negra y seca, la cámara acercándose a lo que fue una rama, se acerca más y más a una red de hilos muy finos y blancos, la red se mueve. Cada patita se apoya en un sector de la red, asegurando la estabilidad del cuerpo cada vez que la imagen se hace más grande en la pantalla del televisor, tan cerca como lo estaría un testigo. |