Siempre me he sentido abrumado por el significado de las palabras, por lo que transmiten a veces por error, o por lo que comunican acertadamente. Generalmente me he sentido más cómodo ante la ausencia de estos pobladores de diccionarios. Quizás se debe a que de pequeño tuve que dejar el moleque por el pendejo y voltar al moleque sin mediar explicación. Vamos a visitar a tu papá, me dijeron. Fuimos y volvimos. Luego vino mi padre, que no fue más cómodo, y me fui con él. Igual. Aprendí a extrañar a mis ñañas pero no volví a comunicarme con ellas sino hasta muchísimo más tarde, el moleque quedó atrás. Me había convertido en un chullita en toda regla y de un porrazo, ¡qué remedio! No pertenecí jamás a una clase media, aunque en algún momento de gloria pasajera mi padre y yo pudimos estar considerados entre tales. Lo cierto es que siempre fui pobre y las cosas que se hablan entre los pobres son las que luego acondicionan los diccionarios, las palabras pasan a aceptarse porque su uso prevalece, así como terminamos aceptando a un vecino nuevo porque es el vecino nuevo y ya está.
Era un chúcaro por ese entonces, en el colegio y en el barrio, se burlaban de mí porque escasamente sabía hablar, y viejos amigos me recuerdan que yo hablaba mucho. Es posible, no es mal pasatiempo formular preguntas y yo necesitaba muchas respuestas para cosas que sí estaban a mi alcance, ya que todas las demás eran tan solo parte de mi mundo onírico, siendo que el origen de mis sueños escasamente prestaba auxilio a mi memoria. Había un gato de marca, de esos con manchas bien peinadas, un piano donde el gato quedaba precioso, un patio inmenso con zonas prohibidas, un mundo perfecto para las pequeñas arañas domésticas, allí estaban las imágenes de mis ñañas, dos brinquedos e das brigas. Dicen que enfermé al nacer, que me cuidó una negra grande que un día me llevó a su casa porque mis padres no estaban y no volvían y ella tenía que volver a su casa para cuidar a sus propios hijos. De eso pasó tiempo y también dejé de ser un chúcaro. Crecí, aprendí a hablar, dejé de comunicarme con mi padre. Me fui solo y por primera vez sentí que un mismo idioma se me descubría como si fuese otro, y me traía recuerdos de manzanas al horno. Era un buen pibe, en general, se puede decir que sí. Me esfuerzo en creer que ya viví lo más difícil y acto seguido me digo que no.
Conocí a una doctora en lingüística, muy respetada y tenida en cuenta por distintos gobiernos de la época, que me dijo en un tono tan sorprendido como solícito, que era muy raro que yo tuviese un conflicto con mi lengua materna, cosa que ignoro de dónde habrá sacado, pero como aprecio a la doctora, no he puesto en duda su sorpresa. ¿Conflicto, yo? Además es una acérrima feminista la doctora en cuestión. Así que, haciendo caso a su curiosidad, indagué más, ¡cómo no! Pregunté un par de cosas a una profesora de castellano para extranjeros, pero ella, de manera muy espontánea, encontró sana y positiva mi curiosidad: me sonrió de aquella manera.
Ha pasado mucho tiempo, ahora soy aquel tío que sigue teniendo problemas con las palabras. Ya no pregunto tanto, busco la respuesta por mi mismo antes. Vivo mejor así, o quizás las evaluaciones diarias e inconscientes me han llevado a esa oscura conclusión.
|